Capítulo 10 · 10.0 Volver al índice de la guía
10.0 Conclusión y siguientes pasos — nueve capítulos y tres cosas para el lunes
Han sido nueve capítulos y más de cuarenta páginas, y el riesgo de un final es siempre el mismo: convertirse en un resumen del resumen, es decir, en una lista de títulos que no le sirve a nadie. Esta página intenta lo contrario. Primero repasa los nueve capítulos en una frase cada uno, y la frase es la tesis, no el epígrafe: lo que habría que recordar si mañana se olvidara todo lo demás. Después baja al suelo con tres cosas que puede empezar el lunes, elegidas porque las tres se hacen sin permiso, sin presupuesto y sin herramienta nueva —es decir, porque ninguna de las tres se puede quedar bloqueada esperando a que otro conteste—. Después viene la única cosa: si de todas las páginas sólo sobreviviera una idea, cuál debería ser. Y al final, una sección que casi ninguna guía escribe y que aquí es obligatoria: lo que esta guía deliberadamente no hace, con el motivo de cada omisión. Esa última sección no es una disculpa; es la razón por la que puede fiarse del resto.
LO MÁS IMPORTANTE DE ESTA PÁGINA
- Nueve capítulos, nueve frases, y cada frase es la tesis. No el título del capítulo, sino lo que quedaría si sólo pudiera llevarse una línea de cada uno. Cada una lleva el enlace a su portada, por si quiere volver.
- Tres cosas que puede empezar el lunes sin depender de nadie: escribir en la primera línea del informe la decisión que hace falta —y «ninguna» cuando no hace falta ninguna—, leer su propio contrato buscando tres cláusulas, y añadir a la lista de puntos abiertos una columna con la fecha desde la que se está esperando.
- Si sólo se queda con una cosa: haga que una mala noticia llegue pronto y en una forma con la que alguien pueda hacer algo. Todo lo demás de la guía es la manera de conseguir eso.
- La diferencia entre los dos proyectos del capítulo 8 no fue el talento. Fueron los días de silencio: los mismos tres problemas, las mismas semanas, once semanas de diferencia al final.
- Y lo que esta guía no hace, con su motivo: ninguna tasa de éxito o fracaso, ninguna comparación entre países, ningún agregado atribuido al Tribunal de Cuentas y ninguna cifra de titulados por certificación. No es una carencia: es una decisión, porque una cifra inventada envejece mal y arrastra consigo lo que sí está verificado.
Los nueve capítulos, uno por frase
Lea las nueve líneas siguientes como un índice de lo que importa. Cada una es un capítulo entero comprimido en su tesis, y cada una lleva el enlace a su portada por si quiere volver a la versión larga. Y una advertencia sobre el orden: no es el orden en el que ocurren las cosas en su proyecto —ahí todo pasa a la vez—, es el orden en el que conviene pensarlas cuando todavía se puede pensar.
Uno. Un proyecto tiene final, y lo que decide qué le pueden exigir no es la palabra «proyecto» sino su contrato: si es un contrato de obra se debe un resultado, y si es un arrendamiento de servicios se debe una actividad prestada con diligencia. No obligan a lo mismo, casi ningún contrato lo dice en su encabezado, y buena parte de las discusiones del mes seis vienen de no haberlo mirado el día uno. → 1.0 Qué es la gestión de proyectos
Dos. El ciclo de vida no acaba con el arranque ni con la última factura: acaba cuando la recepción está documentada y ya no le pueden reclamar. Y aquí está el hueco español que recorre la guía entera: fuera del ámbito de la Ley de Ordenación de la Edificación, el Código Civil no impone un deber general de recibir la obra —ni plazo, ni acta, ni una regla general de recepción tácita—, así que eso lo tiene que poner su contrato, y casi nunca lo pone. → 2.0 El ciclo de vida del proyecto
Tres. Planificar no es dibujar barras: es escribir qué está dentro del alcance y qué está expresamente fuera, y después contar los días disponibles de verdad. La segunda mitad se salta casi siempre, y es donde se hacen daño solos los proyectos españoles: entre los festivos que cambian por comunidad autónoma y por municipio, las vacaciones que el trabajador debe conocer con dos meses de antelación y la gente que sólo está a media dedicación, del año natural queda mucho menos de lo que dice el calendario de la pared. → 3.0 Fundamentos de la planificación
Cuatro. Casi nadie del equipo le reporta a usted, y en la pyme industrial esa es la situación normal y no la excepción. Su autoridad no sale del organigrama: sale de hacer visible el trabajo y de desbloquear más rápido que nadie. Quien pide que le den mando pierde el año esperando; quien consigue que en la reunión del lunes se vea quién está parado y por qué, dirige de hecho a las tres semanas. → 4.0 Gestión del equipo
Cinco. El diagrama de Gantt, el tablero Kanban y la lista de trabajo pendiente resuelven cosas distintas —el orden de las dependencias, el atasco del flujo, la prioridad de lo que falta—, y elegir la herramienta antes de saber qué pregunta se tiene es el error de siempre. Ninguna de las tres arregla un alcance sin definir, y cambiar de herramienta cuando el problema es el alcance sólo produce el mismo desorden en colores nuevos. → 5.0 Herramientas y métodos
Seis. Seguir un proyecto no es saber cuánto se ha avanzado: es acortar el tiempo entre que un problema existe y que llega a quien puede resolverlo. Todo lo demás de ese capítulo —el recuento de entregables aceptados en vez del avance declarado, la distinción entre incidencia y cambio, el informe de una página— son maneras de acortar esa distancia. → 6.0 Seguimiento del progreso
Siete. El cierre no es el último día: es el tramo largo, y es aquel en el que el equipo ya se ha repartido y no queda nadie que recuerde por qué se hizo así. Dentro de la edificación conviene tener los números en la misma frase para no repetir el error más común del sector: los plazos de diez, tres y un año son las ventanas en las que el daño tiene que aparecer, y los dos años del artículo 18.1 de la LOE son el reloj para reclamar una vez que ha aparecido. Son cosas distintas y se citan juntas o no se citan. → 7.0 Cierre del proyecto
Ocho. Dos proyectos con el mismo encargo tropezaron con los mismos tres problemas en las mismas semanas y terminaron con once semanas de diferencia. La diferencia no fue el talento, ni la suerte, ni el presupuesto: fue el silencio. Y lo que hace útil ese capítulo no es el proyecto que salió bien, sino la sección que explica por qué lo que hizo el otro era razonable el día que lo hizo —si el que falla se presenta como un descuidado, el lector se identifica con el otro y no aprende nada—. → 8.0 Casos prácticos
Nueve. Las preguntas que le hacen casi nunca son la pregunta. «¿Cuándo estará?» suele significar «¿puedo comprometerme yo con un tercero?», y «¿vamos bien?» suele significar «¿me voy a llevar una sorpresa?». Conteste a la pregunta de debajo, y contéstela sólo si la respuesta lleva a algo: antes de responder, pregúntese qué va a hacer esa persona con lo que usted diga. → 9.0 Preguntas frecuentes
Qué hacer la semana que viene
Las tres cosas que siguen tienen una propiedad en común, y es la que las hace merecer el sitio: ninguna necesita permiso, presupuesto ni herramienta nueva. Eso no es una coincidencia ni un detalle de presentación. Un plan de mejora que empieza pidiendo algo —una licencia, una aprobación, media hora del comité de dirección— se queda parado en la primera semana esperando respuesta, y al mes siguiente ya nadie se acuerda de que existía. Las tres de abajo se pueden empezar el lunes por la mañana con lo que ya tiene encima de la mesa, y ninguna depende de que colabore nadie más: si a alguien no le gustan, lo peor que puede pasar es que se lo diga, y eso también es información.
Primera: la primera línea del informe, con la decisión que hace falta. Su próximo informe de estado —el que sea, con el formato que ya use— empieza con una sola frase que diga qué decisión hace falta esta semana y de quién. «Hace falta que alguien ponga fecha al proveedor de nómina antes del viernes» es una primera línea. «El proyecto avanza según lo previsto» no lo es, porque no le pide nada a nadie y por eso nadie tiene motivo para leer la segunda.
Y viene la parte que casi todo el mundo omite y que es la que hace funcionar el mecanismo: cuando no hace falta ninguna decisión, escriba «ninguna». Parece una tontería y no lo es. Un informe que unas semanas pide algo y otras no dice nada obliga al lector a decidir cada vez si tiene que prestar atención, y ese coste, repetido, es exactamente lo que hace que los informes dejen de leerse. Un informe cuya primera línea siempre existe y a veces dice «ninguna» se lee en tres segundos y se cree. Además, «ninguna» es una noticia, y de las buenas: significa que esta semana el avance no depende de nadie de fuera. El formato completo, y sobre todo lo que no cabe dentro, está en 6.3 Informes de proyecto.
Segunda: lea su propio contrato, buscando tres cláusulas. No el contrato en general, que es largo y desanima: tres cosas concretas, en media hora, con el documento firmado delante y no con la propuesta comercial.
Qué acto acepta la obra. Qué documento, firmado por quién y cuándo, significa que el cliente ha aceptado lo entregado. Busque esa frase y anote si existe o no existe. Si no existe —y lo más probable es que no exista—, la respuesta por defecto no es «ya lo dirá la ley»: fuera del ámbito de la Ley de Ordenación de la Edificación el Código Civil no impone recibir la obra, y el silencio del cliente, por sí solo, no acepta nada. Eso significa que al final del proyecto no habrá criterio con el que cerrar la lista de pendientes, y una lista sin criterio de cierre sólo puede crecer. Las frases que conviene que el contrato contenga están en 2.4 Fase de cierre.
Cómo se autoriza un cambio. Si el precio es cerrado, el artículo 1593 del Código Civil dice que quien se ajustó a un tanto alzado «no puede pedir aumento de precio aunque se haya aumentado el de los jornales o materiales; pero podrá hacerlo cuando se haya hecho algún cambio en el plano que produzca aumento de obra, siempre que hubiese dado su autorización el propietario». Léalo dos veces, porque toda la utilidad está en la última línea: la autorización del propietario. Sin ella, el trabajo adicional es suyo. Y una autorización que existió sólo en una conversación a pie de obra, un año después, no existió. Vea 6.2 Incidencias y cambios.
Cuál es el plazo de pago. Mire qué número hay escrito y compárelo con el artículo 4 de la Ley 3/2004: treinta días naturales por defecto, ampliables por acuerdo pero nunca por encima de sesenta días naturales, que es un techo que ningún pacto puede superar. Si en su contrato hay noventa días —y aparece más de lo que debería cuando el cliente es grande—, eso no es una condición dura de negociación: es un pacto que excede el máximo legal. Descubrirlo ahora permite plantearlo como una corrección administrativa; descubrirlo con tres facturas vencidas lo convierte en un conflicto.
Media hora, tres respuestas, y casi nadie de su empresa lo ha hecho. Esa es la parte que sorprende: no es un trabajo difícil ni caro, es un trabajo que nadie tiene asignado.
Tercera: una columna con la fecha en la lista de puntos abiertos. Si ya lleva una lista de asuntos pendientes —y si no la lleva, empiécela con cinco líneas—, añádale una columna: desde qué día se está esperando. No «pendiente», no «en curso», no un semáforo: una fecha.
Es el cambio más barato de los tres y el que más mueve. Un asunto marcado como «pendiente de proveedor» puede llevar así tres días o siete semanas, y en la reunión suena exactamente igual. La misma línea con «esperando desde el 12 de mayo» cambia la conversación entera, porque hace visible una cantidad que nadie estaba mirando y que además crece sola. Y produce el efecto que ninguna insistencia produce: cuando alguien ve escrito que un asunto lleva veintidós días hábiles esperando, coge el teléfono. Sin reproche y sin escalar nada; simplemente, el número está a la vista. Cómo se lleva esa lista sin que se convierta en un cementerio de asuntos está en 6.1 Seguimiento de entregables.
La única cosa
Suponga que de todas las páginas de esta guía sólo pudiera quedarse con una idea, y que dentro de dos años ya no recordará ni un artículo ni un plazo. Que sea esta: haga que una mala noticia llegue pronto y en una forma con la que alguien pueda hacer algo.
Las dos mitades cuentan por igual, y por eso la frase es larga. Pronto, porque el valor de una mala noticia se desploma con el tiempo: la misma información que en la semana 3 permite cambiar un pedido, en la semana 11 sólo permite repartir culpas. Y en una forma con la que alguien pueda hacer algo, porque una mala noticia sin destinatario, sin decisión pedida y sin fecha no es un aviso: es un descargo de responsabilidad. «Hay riesgo de retraso en la integración» no permite actuar. «La integración se va a mayo si el proveedor no confirma la especificación antes del día 20; hace falta que alguien de compras le llame esta semana» sí.
El capítulo 8 existe para demostrar esto y no otra cosa. Dos proyectos con el mismo encargo, los mismos tres problemas y las mismas semanas: en 8.1 Proyectos que salieron bien los mecanismos que funcionaron eran baratos hasta el ridículo —un recuento, una columna, una llamada, un correo de confirmación—, y ninguno necesitaba permiso ni herramienta nueva. En 8.2 Lecciones de un proyecto fallido los seis silencios eran, uno por uno, razonables el día en que se produjeron: nadie calló por descuido, se calló porque el asunto parecía a punto de resolverse, porque la conversación iba a ser incómoda, porque faltaba un dato para estar seguro. Ese es exactamente el punto. El silencio no se produce por negligencia sino por prudencia mal calculada, y por eso no se corrige pidiendo más responsabilidad a la gente: se corrige montando sitios donde la mala noticia quepa sin que decirla sea un acto de valentía.
Y eso es, en realidad, lo que hacen todos los mecanismos de esta guía. La primera línea del informe con la decisión que hace falta, la columna con la fecha desde la que se espera, el recuento de entregables aceptados en vez del avance declarado, el escalado automático por fecha en vez de por enfado, el registro de riesgos escrito con frases reales: los cinco sirven para lo mismo, que es hacer que una mala noticia salga antes y salga en forma de decisión. Todo lo demás —los artículos, los plazos, los formatos— es el andamiaje que sostiene eso.
Lo que esta guía deliberadamente no hace
Hay cuatro cosas que el lector podría esperar de una guía como esta y que aquí no va a encontrar. Conviene decir cuáles son y por qué, porque la diferencia entre una omisión y un olvido es que la omisión se explica.
No hay ninguna tasa de éxito ni de fracaso de proyectos. Ni española ni importada. El motivo es sencillo y no es de estilo: no existe ninguna estadística española de tasas de éxito o fracaso de proyectos que resista un examen metodológico. No hay un corte nacional serio, y las cifras que circulan en español son traducciones de las mismas cifras globales, cuya metodología lleva dos décadas discutida en la literatura académica. Una guía que las repitiera daría al lector una sensación de rigor apoyada en nada.
No se comparan países. Es tentador, porque la comparación siempre suena inteligente, pero las series que existen sobre qué parte del trabajo se organiza en forma de proyecto están hechas sobre un puñado de países que no incluyen a España. Trasplantar una cifra alemana y ponerle una bandera española no es divulgar: es inventar. Cuando en esta guía aparece un contraste con otro ordenamiento —y aparece, porque es útil— se hace con normas concretas y nombradas, no con proporciones.
No se cita al Tribunal de Cuentas como agregado. El Tribunal fiscaliza contrato por contrato y publica informes individuales; de ahí no sale ninguna cifra global de sobrecoste de la obra pública española. Un informe concreto, con su número, es una fuente; «según el Tribunal de Cuentas, la obra pública se sobrecosta tanto» no lo es, y sin embargo es una frase que se lee a menudo.
Y no hay ninguna cifra de titulados por certificación. Ni de PMP, ni de PRINCE2, ni de IPMA; ni española ni mundial. La razón se desarrolla en 10.2 Certificaciones y se resume aquí: los organismos que podrían publicar ese dato no lo publican con desglose por país, de modo que cualquier número español que circule procede de quien vende la formación. No es que el dato sea difícil de encontrar: es que no lo publica nadie que no tenga interés en que sea grande.
Ahora la parte que importa, porque las cuatro omisiones tienen una lógica común y conviene decirla sin rodeos. Una cifra inventada envejece mal y se lleva por delante lo que sí está verificado. Un número sin fuente sobrevive un par de años, se cita, se convierte en transparencia de presentación y un día alguien lo comprueba; y cuando cae, no cae solo: arrastra la credibilidad de todo lo que estaba a su lado. En un texto que cita artículos concretos del Código Civil, plazos concretos del Estatuto de los Trabajadores y una sentencia con su número, meter una cifra decorativa sería el peor negocio posible. Es preferible que el lector se quede con la incomodidad de que un dato no exista, que es la verdad, antes que con la comodidad de un dato que no aguanta.
Dicho eso, la ausencia no deja al lector sin nada. Un proyecto no se dirige con datos nacionales: se dirige con el número de entregables que su cliente ha aceptado por escrito, con los días que lleva esperando el punto abierto más antiguo, con la fecha en la que vence el plazo de pago que usted firmó y con la diferencia entre lo que estimó y lo que costó en su último proyecto. Esos cuatro números sí existen, están a su alcance esta semana y son suyos. Los otros nunca fueron suyos.
Cómo se ve esto en AB
Tres cosas, y las tres corresponden a las tres del lunes.
Lo primero: fije la primera línea del informe como un campo obligatorio, no como una costumbre. Si la plantilla de informe empieza con un campo llamado «decisión que hace falta», el informe no se puede cerrar sin contestarlo, y «ninguna» es una respuesta válida. Una costumbre depende de que usted se acuerde; un campo obligatorio, no.
Lo segundo: guarde las tres cláusulas donde se puedan volver a leer. Qué acto acepta la obra, cómo se autoriza un cambio y cuál es el plazo de pago, en tres líneas al inicio del proyecto y con la referencia a la cláusula. Cuando en el mes nueve alguien pregunte, la respuesta está en un sitio y no en un documento de ochenta páginas.
Y lo tercero: en la lista de puntos abiertos, la columna de la fecha de espera antes que la del estado. El estado es una etiqueta y se estanca; la fecha crece sola y por eso obliga. Ordene la lista por esa columna y la reunión empieza sola por lo que más lleva parado.
Términos de esta página
- Contrato de obra
- Se debe un resultado. Lo primero que hay que saber del contrato, y casi nunca lo dice el encabezado. Ampliar
- Arrendamiento de servicios
- Se debe una actividad diligente, no un resultado. No obliga a lo mismo. Ampliar
- Recepción
- El acto por el que quien ejecuta entrega y quien encargó acepta. Fuera de la LOE, lo pone el contrato. Ampliar
- Informe de estado
- Una página cuya primera línea dice qué decisión hace falta. «Ninguna» también vale. Ampliar
- Incidencia
- El asunto que ya ocurrió y hay que resolver. Con dueño y fecha, o no se resuelve. Ampliar
- Plazo de pago
- Treinta días naturales por defecto; sesenta, techo que ningún pacto supera. Ampliar
- Lecciones aprendidas
- Sólo lo son si cambian algo comprobable: una plantilla, un precio, una cláusula. Ampliar
Seguir leyendo
10.1 Seguir aprendiendo
Cinco fuentes con lo que cada una da y lo que ninguna le va a dar, y el bucle de una página cada tres meses.
8.2 Lecciones de un proyecto fallido
Los seis silencios, por qué callarse era razonable ese día, y lo que costó al final.
6.3 Informes de proyecto
El informe de una página con la columna del porqué, y lo que no cabe dentro.