Capítulo 10 · 10.1 Volver al índice de la guía
10.1 Seguir aprendiendo — cinco fuentes, y lo que ninguna de ellas da
La pregunta «¿y ahora qué leo?» tiene mala respuesta, porque supone que lo que falta es material y casi nunca lo es. Esta página propone cinco fuentes —un libro o un curso, un proyecto difícil, las normas UNE-ISO, su propio contrato y un compañero con más años— y de cada una dice las dos cosas: lo que da y lo que no da. La segunda columna es la que hace útil la página. Quien sabe qué no le va a dar una fuente deja de esperarlo y va a buscarlo a otro sitio; quien no lo sabe se pasa dos años convencido de que le falta leer más, cuando lo que le falta es media hora con el contrato que firmó su empresa. Hay dos avisos que conviene adelantar. Uno: terminar uno vale más que empezar tres, y esa frase es incómoda porque describe a casi todo el mundo. Y dos: la fuente más infravalorada no cuesta dinero, no hay que buscarla y ya la tiene encima de la mesa. Al final viene el bucle propio: una página cada tres meses, con dos preguntas y ninguna más.
LO MÁS IMPORTANTE DE ESTA PÁGINA
- Cada fuente tiene dos columnas, y la segunda es la que sirve. Un libro da vocabulario y no dice nada de su cadena de firmas; un proyecto difícil da criterio y no deja ninguna prueba. Saber qué no da una fuente evita dos años buscando en el sitio equivocado.
- Terminar uno vale más que empezar tres. Tres cursos a medias no suman uno entero: dejan tres vocabularios incompletos y ningún orden en el que pensar.
- UNE-ISO 21500:2022 y UNE-ISO 21502:2022 son complementarias, no alternativas: la primera es vocabulario y contexto, la segunda son directrices de dirección y gestión. Y la UNE 157001:2014 no es una norma de método — normaliza la estructura documental de un proyecto técnico, y presentarla como método es un error frecuente en ofertas y pliegos.
- La fuente más infravalorada es su propio contrato. Es gratis, está escrito exactamente sobre su riesgo, y bastan tres cláusulas: qué acto acepta la obra, cómo se autoriza un cambio (art. 1593 del Código Civil) y cuál es el plazo de pago (art. 4 de la Ley 3/2004: treinta días naturales por defecto, sesenta de techo).
- Y un bucle propio, una página cada tres meses, con dos preguntas: qué estimación falló y por cuánto —con el número—, y qué supo tarde que pudo saber antes. Ninguna más.
Por qué la segunda columna es la que sirve
Casi todo lo que se escribe sobre formación en dirección de proyectos es una lista de recomendaciones sin contraindicaciones: lea esto, haga aquello, apúntese a lo otro. El problema de una lista así no es que sea falsa, es que no permite decidir. Todas las opciones parecen buenas, y como el tiempo es el mismo, se acaba haciendo la más cómoda de empezar, que casi siempre es la que menos cambia nada.
Poner al lado de cada fuente lo que no da resuelve eso de una manera muy simple. Primero, porque quita expectativas equivocadas: quien sabe que un curso no le va a decir nada sobre su cadena de firmas deja de esperar que se lo diga y va a preguntarlo donde está la respuesta, que es dentro de su empresa. Segundo, porque hace evidente que ninguna fuente sola basta y que las cinco se reparten el trabajo: una da vocabulario, otra da criterio, otra da referencia, otra da su riesgo concreto, y la última da la memoria de la casa. Y tercero, porque explica los fracasos habituales sin culpar a nadie. El técnico que se sabe el manual de memoria y no consigue que le firmen un cambio no es torpe: está usando una fuente que no contiene esa respuesta.
Un libro o un curso
Lo que da: vocabulario común y un orden en el que pensar cuando todo pasa a la vez. Las dos cosas parecen poco y no lo son. El vocabulario sirve para no discutir dos horas por una palabra: si en su empresa «cerrado» significa cosas distintas para el técnico y para el administrativo, ninguna herramienta lo va a arreglar, pero un vocabulario compartido sí. Y el orden en el que pensar es lo que sostiene los días malos. Cuando fallan tres cosas a la vez, un jefe de proyecto sin marco reacciona a la más ruidosa; uno con marco se pregunta, por ese orden, qué está comprometido con el cliente, qué es reversible, qué depende de un tercero y qué puede esperar a mañana. No es inteligencia, es tener una secuencia disponible cuando no hay tiempo de inventarla.
Lo que no da: nada sobre su cadena de firmas, su calendario ni su contrato, que son las tres cosas que de verdad le van a frenar. Ningún libro sabe que en su empresa un cambio de alcance necesita tres firmas y que la segunda tarda dos semanas. Ninguno sabe que la planta que usted tiene que parar está en un municipio con dos festivos locales que caen en la semana crítica. Y ninguno sabe qué dice —o qué calla— el contrato que firmó su empresa. Esa información no está publicada en ninguna parte, y por eso el lector aplicado se desconcierta: ha entendido todo el material y sigue sin poder mover el proyecto.
Y la regla que ahorra un año: terminar uno vale más que empezar tres. Tres cursos a medias no suman uno entero; suman tres vocabularios incompletos y ningún orden aprendido, porque el orden aparece precisamente en la parte final, que es la que nadie llega a hacer. Si tiene que elegir, elija el que pueda terminar con el trabajo que tiene ahora, aunque sea menos ambicioso. Y póngale fecha de final, como a un entregable, porque un curso sin fecha de final compite todas las semanas con lo urgente y pierde siempre.
Un proyecto difícil
Lo que da: criterio. Y criterio significa una cosa muy concreta: saber qué se rompe primero y cuánto avisa antes de romperse. Eso no está escrito en ningún manual porque no es general, es de su sector y de su casa. Quien ha vivido tres implantaciones sabe que el dato maestro sucio se nota en la semana de las pruebas y no antes, que el proveedor que contesta a los tres días en enero contesta a los diez en agosto, y que cuando el jefe de turno deja de aparecer en las reuniones el problema no es la agenda. Nada de eso se puede transmitir con una lista: se reconoce, y se reconoce porque se ha visto.
Por eso el orden importa. Un proyecto difícil es la escuela más cara que hay y también la que más enseña, en ese orden: primero cuesta, después enseña. Quien puede elegir debería elegir uno que le quede grande por una sola dimensión —un cliente más exigente, un plazo más corto, una tecnología nueva—, no por tres a la vez. Un proyecto que le queda grande por tres dimensiones no enseña: sólo se sobrevive.
Lo que no da: ninguna prueba de que ocurrió, salvo que usted escriba mientras pasa. Esta es la parte que más cuesta aceptar. Al terminar un proyecto duro uno tiene la sensación de haber aprendido mucho, y la tiene con razón; pero si le preguntan seis meses después qué se estimó, qué se decidió y quién lo autorizó, la respuesta será una historia, no un dato. La memoria conserva la sensación y pierde los números, y los números son justamente lo que hace útil la experiencia para el proyecto siguiente y lo que la hace enseñable a otro.
El remedio es barato y hay que aplicarlo en caliente: dejar rastro mientras pasa. Cuatro líneas el día que se decide algo importante —qué se decidió, quién lo autorizó, qué se esperaba que ocurriera y qué se cambió a cambio— bastan. Después no se reconstruye: al cabo de unos meses ya no se distingue lo que se sabía el día de la decisión de lo que se supo dos semanas más tarde, y ese matiz es precisamente el que contiene la lección. Cómo se hace ese repaso sin que se convierta en un ritual vacío está en 7.2 Retrospectiva y evaluación.
Las normas UNE-ISO
Lo que da: una referencia común y comprobable, útil cuando hay que ponerse de acuerdo con alguien de fuera. Son dos y hay que saber cuál es cuál. La UNE-ISO 21500:2022, de 26 de enero de 2022, adopción idéntica de la norma ISO correspondiente y vigente en sustitución de la edición de 2013, es la norma de vocabulario y contexto: sitúa proyectos, programas y carteras y fija los conceptos. La UNE-ISO 21502:2022, de la misma fecha, es la de directrices para la dirección y gestión de proyectos: es la de práctica.
Lo importante es la relación entre las dos: son complementarias, no alternativas. No hay que elegir una, y decir «trabajamos según la 21500» sin más no significa gran cosa, porque el vocabulario no es un método. Si un cliente se las exige en un pliego, la pregunta útil no es cuál de las dos sino qué evidencia concreta va a pedir para darlas por cumplidas.
Lo que no da: no son un examen ni una certificación de personas, y no van a decirle qué hacer el martes. Son marcos de referencia, no procedimientos de su casa. Además están sujetas a derechos de autor y se distribuyen a través de AENOR, así que hay que comprarlas: en esta guía sólo se describe su alcance, sin reproducir ni parafrasear su contenido.
Y el aviso que evita un error caro en ofertas y pliegos. La UNE 157001:2014 normaliza la estructura documental formal de un proyecto técnico —memoria, anexos, planos, pliego de condiciones y presupuesto—. Es la referencia habitual cuando una ingeniería tiene que entregar documentación ordenada y comparable, y muchos clientes la citan en sus requisitos de entrega. Pero no es una norma de método de dirección de proyectos y no debe presentarse como tal: ordena documentos, no dirige trabajos. Confundirlas produce dos daños distintos y los dos se ven a menudo. En una oferta, prometer «gestión conforme a UNE 157001» compromete a entregar una estructura documental concreta que quizá nadie había presupuestado. Y en un pliego, exigirla creyendo que se está exigiendo método deja al comprador sin lo que quería y con una carpeta perfectamente ordenada.
Su propio contrato
Esta es la sección más larga de la página, y el motivo es que es la fuente que nadie usa. No cuesta dinero, no hay que buscarla, no exige el permiso de nadie y está escrita exactamente sobre su riesgo: no sobre un caso general de un manual, sino sobre este proyecto, este cliente y este alcance. Y aun así, en la mayoría de las empresas medianas nadie del equipo de proyecto lo ha leído entero. Lo leyó comercial cuando se firmó, y desde entonces vive en una carpeta.
Lo que da: el riesgo exacto que usted tiene. Con tres cláusulas se empieza, y son las mismas tres de la página anterior, ahora con lo que ya sabe el lector detrás de cada una.
Uno: qué acto acepta la obra. Busque qué documento, firmado por quién y en qué momento, significa que el cliente ha aceptado lo entregado. Lo probable es que no lo diga, y eso no es un descuido del redactor: es el hueco característico del derecho español de contratos de obra. Fuera del ámbito de la Ley de Ordenación de la Edificación, el Código Civil no impone un deber general de recibir la obra —no hay plazo, no hay acta obligatoria y no hay una regla general de aceptación por silencio—. Dentro de la edificación sí está todo: la recepción como acto, el contenido mínimo del acta, los treinta días desde la notificación escrita salvo pacto expreso en contrario. Una instalación industrial no está ahí. De modo que si su contrato calla, la respuesta no es que lo diga la ley: es que no hay respuesta, y el silencio del cliente no acepta nada por sí solo. Vea 2.4 Fase de cierre.
Dos: cómo se autoriza un cambio. Si el precio es cerrado —ajuste alzado—, el artículo 1593 del Código Civil dice que el contratista «no puede pedir aumento de precio aunque se haya aumentado el de los jornales o materiales; pero podrá hacerlo cuando se haya hecho algún cambio en el plano que produzca aumento de obra, siempre que hubiese dado su autorización el propietario». Las dos mitades importan: subir los costes no da derecho a nada, y un cambio que aumenta la obra sí lo da si el propietario lo autorizó. La consecuencia práctica cabe en una línea: la autorización por escrito no es burocracia, es la condición del cobro. Vea 6.2 Incidencias y cambios.
Tres: cuál es el plazo de pago. El artículo 4 de la Ley 3/2004, de lucha contra la morosidad en las operaciones comerciales, fija treinta días naturales por defecto, ampliables por acuerdo pero nunca por encima de sesenta días naturales. Ese techo es absoluto: no es una recomendación ni un criterio orientativo, y un pacto que lo supere no vale por el hecho de estar firmado. Compruebe qué número hay en su contrato antes de que venza la primera factura, no después. El plazo de pago y el régimen de morosidad se amplían en el glosario.
Lo que no da: nadie se lo va a explicar, y lo que no pone tampoco se lo va a decir. Un contrato no tiene una sección titulada «aquí falta algo». Los huecos hay que buscarlos activamente, con una lista de preguntas en la mano, y por eso conviene leerlo con las tres de arriba y no de principio a fin. Media hora con tres preguntas concretas rinde más que dos horas leyendo seguido, porque leer seguido produce la sensación de haberlo leído sin producir ninguna respuesta.
Un compañero con más años
Lo que da: el porqué de las reglas de la casa. Media hora con alguien que lleva quince años en la empresa vale más que un capítulo entero, y no por su experiencia general sino por una razón muy específica: sabe de dónde vienen las normas que a usted le parecen absurdas. Casi siempre vienen de un incidente concreto que no está documentado en ninguna parte —una nave que hubo que rehacer, un cliente que se perdió, una inspección que salió mal—. La regla es el recuerdo de aquello, y el recuerdo se perdió mientras la regla seguía.
Saber eso cambia lo que usted puede hacer. Una regla cuyo origen se conoce se puede simplificar con argumentos, sustituir por una comprobación mejor o mantener a sabiendas. Una regla cuyo origen se desconoce sólo se puede acatar o quitar a ciegas, y quitarla a ciegas es como suele reaparecer el incidente. La pregunta que abre esa conversación es corta: «esto, ¿de dónde viene?». Si aparece una historia, ha aprendido algo de la casa; si no aparece ninguna y nadie sabe de dónde salió, ya tiene su respuesta.
Lo que no da: lo que ha cambiado desde entonces. Y en materia de datos y control del trabajo ha cambiado bastante, de modo que aquí el consejo veterano puede ser exactamente el equivocado. Dos referencias concretas para no fiarse de la costumbre.
La primera: el artículo 87.3 de la Ley Orgánica de Protección de Datos y garantía de los derechos digitales obliga al empleador a establecer criterios de utilización de los dispositivos digitales, y dice que «en su elaboración deberán participar los representantes de los trabajadores». Participar en la elaboración no es enseñar los criterios ya escritos, y el trámite no tiene plazo, así que no se puede encajar al final. La segunda: la sentencia del Tribunal Supremo 225/2024, de 6 de febrero, declara nula la elaboración unilateral, y lo extiende expresamente a la modificación de criterios previos —el Tribunal rechazó que una comunicación que sólo «recordaba» la política existente quedara fuera del deber—.
Un compañero que implantó un control de presencia hace ocho años y le diga «esto se comunica y ya está» le está contando cómo se hacía entonces, con toda la buena fe del mundo. Aproveche su memoria para lo que sirve —el porqué de las reglas de la casa— y compruebe aparte lo que depende de normas que se han movido. La distinción entre este trámite y el informe previo del comité de empresa, que sí tiene plazo y no da veto, está en 4.2 Gestionar a los interesados.
El bucle propio: una página cada tres meses
Las cinco fuentes anteriores son de fuera. Falta la única que es enteramente suya, y es la que casi nadie monta porque parece que no hace falta: una página cada tres meses, con dos preguntas y ninguna más.
El límite de dos preguntas es deliberado. Un cuestionario de doce se contesta la primera vez, se contesta a medias la segunda y no se contesta la tercera. Dos preguntas caben en una página y en veinte minutos, y por eso el bucle sobrevive al trimestre malo, que es cuando hace falta.
Primera pregunta: ¿qué estimación falló, y por cuánto? Con el número. «Se estimó en tres semanas y llevó siete» sirve el año que viene, porque es una proporción que se puede aplicar a la próxima estimación del mismo tipo de trabajo. «Fuimos optimistas» no sirve para nada, porque no se puede aplicar a nada. Y conviene apuntar también qué tipo de tarea era, porque el error de estimación no se reparte por igual: en casi todas las casas hay una o dos familias de trabajo —la migración de datos, la interfaz con un tercero, la formación de usuarios— que se estiman sistemáticamente corto, y descubrir cuáles son las suyas vale más que cualquier técnica de estimación.
Segunda pregunta: ¿qué supo tarde que pudo saber antes? Y, sobre todo, dónde debería haberse convertido en un punto abierto con dueño y fecha. Casi siempre alguien lo dijo. Lo dijo en un pasillo, en una llamada o al final de una reunión, y no había ningún sitio donde apuntarlo, así que se quedó en el aire. La segunda mitad de la pregunta es la que produce el arreglo: no basta con lamentar que se supo tarde, hay que señalar el sitio concreto donde tendría que haber aterrizado —la lista de puntos abiertos, el registro de riesgos, la primera línea del informe— y comprobar que ese sitio existe hoy. Cómo se lleva esa lista para que aterrice de verdad está en 6.1 Seguimiento de entregables.
Tres años de este bucle son doce páginas. Doce páginas con números propios sobre cómo estima usted y sobre qué información llega tarde en su empresa valen más que cualquier libro, porque son las únicas que hablan de su caso. Y tienen una segunda utilidad que aparece tarde: son lo que hace enseñable su experiencia. Cuando llegue el momento de contar lo que ha hecho —en una entrevista, en una oferta, ante un cliente nuevo—, esas doce páginas son la diferencia entre una historia y un caso.
Cómo se ve esto en AB
Tres cosas, y las tres son de rastro, no de formación.
Lo primero: escriba la decisión el día que se toma, no al cerrar. Cuatro líneas —qué se decidió, quién lo autorizó, qué se esperaba y qué se cambió a cambio— en el propio proyecto. Es el único material con el que el proyecto difícil deja lección; lo que se escribe al final es un resumen de la sensación.
Lo segundo: guarde la estimación original al lado de la real, en la misma línea y sin borrar la primera. Sin ese par de números, la primera pregunta del bucle no se puede contestar, y no se puede reconstruir después.
Y lo tercero: ponga las tres cláusulas al inicio del proyecto, en tres líneas con su referencia. Qué acto acepta la obra, cómo se autoriza un cambio y cuál es el plazo de pago. Es la fuente más barata que tiene y la única que está escrita sobre su riesgo.
Términos de esta página
- UNE-ISO 21500 y 21502
- Vocabulario y contexto la primera, directrices de dirección la segunda. Complementarias. Ampliar
- UNE 157001
- Estructura documental del proyecto técnico. No es una norma de método. Ampliar
- Ajuste alzado
- Precio cerrado por el conjunto. Sin autorización del propietario, el cambio no se cobra. Ampliar
- Recepción
- El acto por el que quien ejecuta entrega y quien encargó acepta. Fuera de la LOE, lo pone el contrato. Ampliar
- Plazo de pago
- Treinta días naturales por defecto; sesenta, techo que ningún pacto supera. Ampliar
- Estimación
- Sólo mejora si se guarda al lado de lo que costó de verdad. Ampliar
- Lecciones aprendidas
- Sólo lo son si cambian algo comprobable: una plantilla, un precio, una cláusula. Ampliar
Seguir leyendo
10.2 Certificaciones
PMP, PRINCE2 e IPMA por lo que publican sus organismos, y por qué no hay cifra española citable.
7.2 Retrospectiva y evaluación
El repaso del mes tres frente al de la semana 1, y las dos preguntas que lo hacen útil.
6.1 Seguimiento de entregables
Entregables aceptados frente a avance declarado, y la columna que mueve a llamar.