Capítulo 5 · 5.3 Volver a 5.0
5.3 Lista de trabajo pendiente — una lista ordenada, no un cajón
En español se la llama también pila de producto, y en la mitad de las reuniones se la llama directamente backlog; aquí se usa lista de trabajo pendiente porque es lo que de verdad es y porque nombrarla así evita el equívoco que estropea casi todas. Una lista de trabajo pendiente no es un cajón donde se echa todo lo que alguien menciona: es una lista ordenada, y el orden es la información. La regla que gobierna la página entera cabe en una frase: la lista puede reordenarse cuando quiera; lo que no puede es crecer sola. Reordenar es una decisión de dirección que está en sus manos y no toca el contrato; añadir trabajo que no estaba en el alcance no es una decisión de dirección, es un cambio de contrato, y da igual que entre por la puerta de una lista con aspecto informal. Esta página separa las dos cosas, desarrolla los cuatro criterios con los que se ordena de verdad —no los que se dicen— y termina con la pregunta que decide si la lista sirve para algo: quién es su dueño.
LO MÁS IMPORTANTE DE ESTA PÁGINA
- Reordenar es gratis; crecer no. Cambiar el orden de lo pendiente es una decisión suya y no toca el contrato. Añadir trabajo que no estaba en el alcance es un cambio de contrato, aunque entre en la lista sin que nadie lo llame así.
- Un contrato de obra a tanto alzado no le prohíbe trabajar por iteraciones: le prohíbe aumentar la obra sin autorización del propietario (art. 1593 CC). Consígala por escrito antes de ejecutar, no después.
- El orden real se decide con cuatro criterios y en este orden: lo que desbloquea a otra persona · lo que está en el camino crítico · lo que reduce una incertidumbre grande · lo que más valor aporta.
- El cuarto criterio —el valor— es con el que casi todo el mundo empieza y el que menos decide, porque llega cuando los otros tres ya han hablado.
- Una sola persona es dueña del orden. Si el orden se negocia en cada reunión, la lista deja de ser una herramienta y pasa a ser el acta de la última discusión.
Por qué casi todas las listas son un cajón
Conviene empezar por el fallo, porque es tan común que ha dejado de percibirse como fallo.
La secuencia se repite siempre igual. Alguien abre una lista compartida el primer mes del proyecto con buena intención. Durante unas semanas se apunta lo que hay que hacer y funciona. Después empieza a apuntarse también lo que estaría bien hacer, lo que alguien comentó en una visita, lo que el cliente dijo de pasada, la idea de mejora que se le ocurrió a un técnico y las tres cosas que hay que revisar «cuando haya un rato». Al cuarto mes la lista tiene ciento veinte entradas, nadie la abre, y las decisiones sobre qué se hace mañana se toman en una conversación de pasillo o en la reunión del lunes por lo que más ruido hizo la semana anterior.
Ese objeto ya no es una lista de trabajo pendiente. Es un cajón: un sitio donde las cosas se guardan para no tener que decidir sobre ellas. Y tiene dos costes que casi nunca se contabilizan.
El primero es que deja de informar. Una lista de ciento veinte entradas sin orden no dice nada sobre qué va a pasar la semana que viene, así que la planificación vuelve a vivir en la cabeza del jefe de proyecto, que es donde estaba antes de tener lista. Se ha añadido trabajo administrativo sin ganar información.
El segundo es más caro y es el que da lugar a la mitad de esta página: el cajón borra la frontera del alcance. Cuando todo está en la misma lista con el mismo aspecto —lo contratado, lo sugerido, lo deseable y lo que pidió el jefe de planta un martes—, dejan de distinguirse dos cosas jurídicamente muy distintas: el trabajo que usted debe y el trabajo que alguien querría. Y como la lista tiene aspecto informal, ese trabajo que alguien querría acaba ejecutándose sin que nadie firme nada. La discusión llega después, con la factura.
La alternativa no es tener menos ideas: es tener una lista con orden y con frontera. El diagrama siguiente separa las dos operaciones que la gente confunde a diario y, debajo, da los cuatro criterios de orden. Léalo entero antes de seguir, porque el resto de la página lo desarrolla fila por fila.
El eje: reordenar sí, crecer no
La distinción que sostiene todo lo demás es la que va entre prioridad y alcance. Son dos palabras que en las reuniones se usan casi indistintamente y que en un contrato no tienen nada que ver.
La prioridad es el orden en que se hace lo que ya está comprometido. Es una decisión de ejecución. La toma usted, con su equipo, tantas veces como haga falta, y no le debe explicación a nadie más que a la fecha de entrega.
El alcance es qué trabajo está comprometido. Es una decisión contractual. No la toma usted solo, no la toma el cliente solo en una reunión de seguimiento, y sobre todo no se toma por acumulación: por el hecho de que algo lleve dos meses escrito en una lista compartida.
Cuando esa frontera se ve, la gestión de la lista se vuelve casi mecánica. Cuando no se ve, cualquier movimiento de la lista es una discusión, porque nadie sabe cuál de las dos cosas se está discutiendo.
Lo que puede hacer cuando quiera
La columna verde del diagrama recoge cuatro operaciones que no tocan el contrato en absoluto. Merece la pena decir por qué cada una es inocua, porque en muchos equipos se piden permisos que no hacen falta.
Cambiar el orden de lo que queda por hacer. Si lo comprometido se entrega dentro del plazo comprometido, en qué secuencia se ejecuta es un asunto interno. Salvo que el contrato fije hitos intermedios con fecha —y si los fija, ésos sí se respetan—, reordenar no requiere autorización de nadie. Es exactamente el margen que da el método de trabajo, y se desarrolla en 5.4 Ágil o cascada.
Partir una entrada grande en tres pequeñas. Partir no añade trabajo: lo hace visible. «Implantación del módulo de almacén» es una entrada que no se mueve nunca y sobre la que no se puede informar; partida en «configuración de ubicaciones», «migración del maestro de artículos» y «formación de los dos turnos», cada pieza se mueve, se estima y se termina. Es además la única forma de que un tablero Kanban funcione, porque las tarjetas enormes se quedan meses en la misma columna.
Bajar algo al final y no volver a mirarlo. Una lista sana tiene una zona muerta: lo que se apuntó, sigue ahí y nunca se hará. No pasa nada. Lo importante es que esté abajo y no en medio, porque una entrada en medio consume atención cada vez que alguien recorre la lista. Bajar no es borrar, y por eso no genera ninguna discusión con nadie.
Aclarar qué significa cada entrada. Escribir mejor una entrada —qué se entrega exactamente, quién lo mira, qué se firma— no cambia el alcance: lo hace explícito. Y con enorme frecuencia, al aclarar una entrada se descubre que dos personas creían cosas distintas de la misma línea, que es un problema mucho más barato de encontrar ahora que en la recepción. La definición de terminado es la herramienta de esta operación.
Las cuatro tienen algo en común y por eso van juntas en el diagrama: ninguna cambia lo que usted debe entregar. Cambian el orden, el tamaño, la posición y la claridad. Nada más. Puede hacerlas esta tarde, sin consultar, y debería hacerlas a menudo.
Lo que ya es un cambio de contrato
La columna naranja recoge cuatro movimientos que la gente hace con la misma naturalidad que los anteriores y que no son lo mismo en absoluto. Los cuatro se parecen porque los cuatro consisten en tocar la lista y ninguno consiste en tocar un papel.
Añadir trabajo que no estaba en el alcance. El caso obvio, y sin embargo el más frecuente. Entra en la lista como una entrada más, con el mismo aspecto que las demás, y a las tres semanas está en curso. Cuando se factura, la conversación empieza por «esto no estaba contratado» y usted ya lo ha ejecutado. Para un contrato de obra a tanto alzado el Código Civil es explícito en el art. 1593: el contratista «…no puede pedir aumento de precio aunque se haya aumentado el de los jornales o materiales; pero podrá hacerlo cuando se haya hecho algún cambio en el plano que produzca aumento de obra, siempre que hubiese dado su autorización el propietario.» Léalo dos veces: el aumento se puede cobrar, pero siempre que el propietario lo haya autorizado. La autorización es la condición, no la factura.
Sustituir un entregable por otro «equivalente». Es la variante educada y la más peligrosa, porque nace de una buena intención técnica: durante la ejecución se descubre que otra solución es mejor y se hace la otra. El problema no es técnico, es probatorio. Si lo entregado no es lo que dice el contrato, quien tiene que demostrar que era equivalente y que se acordó es usted, y normalmente no hay nada escrito porque se habló en una visita a obra. Que el cliente asintiera en la reunión no es un acuerdo de modificación.
Sacar algo de la lista y darlo por no debido. El movimiento inverso, y sorprende cuántas veces se hace sin pensarlo. Una entrada que estaba en el alcance se baja, se baja más, y en algún momento desaparece de la vista. Nadie ha renunciado a nada: la obligación sigue viva y aparecerá en la recepción, cuando ya no haya ni tiempo ni presupuesto. Si algo comprometido no se va a entregar, eso se acuerda por escrito con quien puede acordarlo; no se gestiona bajándolo en una lista.
Ejecutar lo añadido y facturarlo después. La combinación de los tres anteriores, y la que acaba en despacho de abogados con más frecuencia. Se hace el trabajo extra confiando en la relación, se emite la factura al final y la otra parte responde que no lo pidió, o que lo pidió alguien que no podía pedirlo. Con un contrato a tanto alzado, sin autorización previa del propietario, esa factura está en muy mala posición.
La regla práctica que resuelve los cuatro casos es breve y no cuesta nada: cuando una entrada nueva no esté claramente dentro de lo contratado, no la meta en la lista de trabajo pendiente. Métala en la lista de cambios, que es otra lista, con otro procedimiento y con otro destinatario. Un cambio se documenta, se valora en tiempo y en dinero, se decide y se firma. Cuánto tarda eso es un problema; que se ejecute sin hacerlo es un problema mayor. La mecánica está desarrollada en 2.3 Fase de ejecución, y la frontera de lo que estaba dentro desde el principio, en 3.1 Definir el alcance.
Una precisión que evita un malentendido frecuente: nada de esto significa que haya que decir que no. Significa que hay que decirlo en el sitio correcto. «Eso podemos hacerlo; es un cambio, lo valoro y lo tiene el jueves» es una respuesta perfectamente colaborativa, y es además la única que protege a las dos partes. La alternativa —hacerlo y ver qué pasa— sólo parece colaborativa hasta que llega la certificación.
Los cuatro criterios de orden, en el orden en que de verdad se aplican
Fijada la frontera, queda lo otro: con qué criterio se ordena lo que sí está dentro. Aquí hay una diferencia grande entre lo que se dice en las reuniones y lo que decide de verdad, y el diagrama la refleja poniendo en primer lugar el criterio del que casi nunca se habla y en último el que todo el mundo menciona primero.
Uno: lo que desbloquea a otra persona
El primer criterio es el que menos aparece en los manuales y el que más ahorra: si algo suyo tiene a un tercero parado, va primero, aunque sea pequeño y aunque no sea importante.
La razón es aritmética. Una tarea de dos horas que libera a un proveedor que lleva una semana esperando no cuesta dos horas: ahorra los días que ese proveedor seguiría parado. Y al revés, una tarea de dos horas que usted pospone porque «es una tontería» puede estar consumiendo calendario de otro equipo desde hace quince días sin que nadie lo haya sumado. Es exactamente la cifra que el 5.2 Tablero Kanban hace visible, sólo que vista desde el otro lado: allí se cuentan los días que usted espera; aquí, los que hace esperar.
La consecuencia operativa es fácil de aplicar: recorra la lista preguntando por cada entrada «¿hay alguien parado esperando esto?». Las que contesten que sí suben al principio sin discusión, y suelen ser tres o cuatro. Entran ahí también las peticiones de información que otros necesitan de usted: la especificación que espera el integrador, el dato que espera el técnico que firma el proyecto técnico, la confirmación que espera el instalador para pedir material.
Dos: lo que está en el camino crítico
El segundo criterio parece obvio y se aplica mal casi siempre, porque se confunde con otra cosa. No es lo importante: es lo que no tiene holgura.
El camino crítico es la cadena de tareas encadenadas más larga del proyecto; en ella, un día de retraso es un día de retraso en la entrega, sin amortiguación. Fuera de esa cadena hay holgura: días que una tarea puede consumir sin mover la fecha final.
La confusión que produce el error es ésta: hay tareas importantísimas para el resultado —la formación de los operarios, la documentación de entrega— que tienen tres semanas de holgura, y tareas menores —una firma, un alta, una configuración de media hora— que están en el camino crítico. Ordenar por importancia coloca las primeras arriba y las segundas donde caigan, y el proyecto se retrasa mientras el equipo trabaja en cosas relevantes. Cuál es su cadena crítica y cómo se calcula está en 3.2 Crear el cronograma.
Advertencia práctica: el camino crítico se mueve. En cuanto una tarea con holgura se retrasa lo suficiente, entra en la cadena crítica y cambia el orden. Por eso este criterio se vuelve a aplicar cada vez que se revisa la lista, y no una vez al principio del proyecto.
Tres: lo que reduce una incertidumbre grande
El tercer criterio es el que distingue una lista dirigida de una lista administrada, y consiste en subir lo que responde una pregunta abierta cuya respuesta cambiaría el plan.
Los ejemplos son reconocibles en cualquier proyecto industrial o de implantación: la prueba de integración con el sistema del tercero, la primera migración de datos reales sobre una copia, el ensayo de la pieza con el material definitivo, la verificación de que el cuadro entra por el hueco previsto. Ninguna de esas cosas entrega valor visible al cliente, y todas ellas cuestan poco comparadas con lo que cuesta descubrir tarde que la respuesta era la mala.
El argumento de fondo es el que sostiene el capítulo entero: lo que compra un método de trabajo no es velocidad, es adelantar el momento en que se descubre un problema. Subir estas entradas es la forma más directa de comprarlo, y no requiere haber adoptado ninguna metodología con nombre propio. Los riesgos que conviene atacar así son los que ya identificó al planificar; el 3.4 Plan de riesgos le da la lista de candidatos hecha.
Una regla de conducta que funciona: si al preguntar «¿qué pasa si eso no sale como pensamos?» la respuesta es «habría que rehacer bastante», esa entrada sube ahora, aunque no la haya pedido nadie.
Cuatro: lo que más valor aporta
Y el cuarto criterio es el que todo el mundo menciona primero. No está aquí abajo porque no importe: está aquí abajo porque, cuando le llega el turno, los otros tres ya han decidido casi todo.
Conviene entender por qué. El valor es un criterio real, pero es un criterio de empate: sirve para elegir entre dos entradas que no desbloquean a nadie, que están las dos fuera del camino crítico y que no reducen ninguna incertidumbre. Ese conjunto existe, y para él el valor es exactamente el criterio correcto. Lo que no funciona es usarlo como criterio único, porque entonces el proyecto ordena por lo que se ve —lo vistoso, lo que se enseña en la demostración— y deja para el final lo que sostiene la fecha.
Hay además una dificultad práctica que conviene decir en voz alta: el valor es el único de los cuatro criterios que no se puede comprobar. Que algo desbloquea a otro se comprueba preguntándole. Que algo está en el camino crítico se comprueba en el cronograma. Que algo reduce incertidumbre se comprueba haciéndolo. Que algo «aporta más valor» es una opinión, y en una sala con seis personas hay seis. Por eso, cuando el orden se discute únicamente en términos de valor, la discusión no converge nunca — y de ahí sale directamente la última sección de esta página.
Quién es dueño del orden
Llegamos a lo que decide si todo lo anterior sirve para algo. Una sola persona es dueña del orden de la lista. No un comité, no la reunión de los lunes, no «lo consensuamos entre todos».
La razón no es de autoridad, es de funcionamiento. Si el orden se renegocia en cada reunión, la lista deja de ser una herramienta de dirección y pasa a ser el acta de la última discusión: refleja quién habló más alto el jueves, no qué conviene hacer. Y como cada reunión produce un orden distinto, el equipo aprende rápido que el orden no significa nada y vuelve a preguntar directamente al jefe de proyecto qué hace mañana. Se ha vuelto al punto de partida con una reunión semanal de más.
Ser dueño del orden significa tres cosas concretas y ninguna de ellas es decidir a solas:
Escuchar a todo el mundo. El dueño del orden recoge la opinión del equipo técnico, la del cliente, la del jefe de planta y la de quien haga falta. La entrada de información es completamente abierta; lo que no está abierto es la salida.
Decidir el orden y publicarlo. Una lista, visible, con las diez primeras entradas ordenadas y sin empates. «Estas dos van igual de arriba» no es un orden; es aplazar la decisión y dejar que la tome quien coja la tarea.
Explicar el porqué cuando se lo pidan. No cada vez, pero sí cuando alguien lo pregunte. Con los cuatro criterios en la mano, la explicación es corta y verificable: «va primero porque el instalador está parado esperándolo». Un orden que se puede explicar se acepta; un orden que sale de una preferencia no.
Quién debe ser esa persona depende del proyecto. Si el proyecto lo dirige usted y responde de la fecha, normalmente es usted. Si hay un responsable funcional por parte del cliente que decide qué se hace antes, es él, y entonces lo que usted necesita es que exista y esté nombrado. Lo que no puede ocurrir es que no lo sea nadie, o que lo sea formalmente uno y de hecho otro. Cuando el proyecto tiene a la vez a un jefe de proyecto por su parte y a un responsable por parte del cliente, el reparto de decisiones entre ambos hay que fijarlo por escrito el primer día; el mecanismo está en 4.2 Gestionar a los interesados.
Cómo se mantiene sin que se convierta en trabajo
Una última sección práctica, porque la objeción razonable a todo lo anterior es que mantener una lista ordenada parece una tarea a tiempo completo. No lo es si se hacen cuatro cosas.
Una revisión corta y periódica, no continua. Media hora a la semana, con hora fija, revisando sólo la parte de arriba. La parte de abajo no hace falta tocarla: por definición no se va a hacer pronto. Revisar la lista entera cada semana es lo que hace que la gente deje de revisarla.
Ordenar sólo las diez primeras. El orden fino sólo tiene valor donde va a ejecutarse. Las entradas cincuenta a ciento veinte pueden estar en cualquier secuencia; ordenarlas es trabajo perfectamente inútil que además da sensación de rigor.
Detallar sólo lo que está arriba. Una entrada que se va a hacer la semana que viene necesita estar clara: qué se entrega, quién lo revisa, qué significa terminado. Una entrada que se hará dentro de cuatro meses puede ser una línea, porque probablemente cambie o desaparezca antes. Detallar pronto lo que se hará tarde es la forma más habitual de desperdiciar horas de gente cara.
Cerrar la puerta de entrada. Toda idea nueva entra por un sitio y alguien decide si es trabajo comprometido, cambio de contrato o nada. Sin esa puerta, la lista vuelve a ser un cajón en dos meses, con independencia de lo bien ordenada que estuviera.
Y un indicador barato para saber si funciona: si al empezar el día alguien del equipo tiene que preguntar qué hace, la lista no está haciendo su trabajo. Si lo mira y lo sabe, está.
Cómo se ve esto en AB
Cinco cosas concretas, y ninguna lleva más de una tarde.
Lo primero: mantenga una sola lista ordenada por prioridad, con orden manual y sin empates. Si el orden se puede arrastrar, se puede dirigir; si el orden lo calcula un campo de «alta / media / baja», al mes hay cuarenta entradas en «alta» y no hay orden.
Lo segundo: marque cada entrada con si está dentro del alcance contratado o es un cambio. Un campo con dos valores. Es la frontera de esta página convertida en dato, y es lo que impide que un cambio se ejecute por inercia.
Lo tercero: use una vista separada para los cambios pendientes de decisión, con fecha de petición y estado. Esa vista es la que se lleva a la reunión con el cliente, y la que sostiene la conversación de sobrecoste si llega.
Lo cuarto: registre en cada una de las diez primeras entradas por cuál de los cuatro criterios está donde está. Una palabra basta. Es lo que hace que el orden sea explicable y, por tanto, aceptable.
Y lo quinto: deje escrito en el propio proyecto quién es el dueño del orden, con nombre. Es el campo más corto de todos y el que más discusiones evita.
Términos de esta página
- Lista de trabajo pendiente
- Pila de producto, backlog. Una lista ordenada, no un cajón. Ampliar
- Alcance
- El trabajo que el contrato le obliga a entregar. La frontera que la lista no puede cruzar sola. Ampliar
- Cambio
- Trabajo que no estaba comprometido. Se documenta, se valora y se firma antes de ejecutarse. Ampliar
- Contrato de obra
- Se debe un resultado. A tanto alzado, el aumento de obra necesita autorización del propietario. Ampliar
- Ajuste alzado
- Precio cerrado por el conjunto de la obra. El art. 1593 CC es la norma que le afecta. Ampliar
- Camino crítico
- La cadena sin holgura. No es lo importante: es lo que mueve la fecha. Ampliar
- Holgura
- Los días que una tarea puede retrasarse sin mover la entrega. Fuera del camino crítico, los hay. Ampliar
- Entregable
- Lo que se entrega y alguien acepta. Sustituirlo por otro «equivalente» es un cambio. Ampliar
- Definición de terminado
- Qué se entrega, quién lo mira y qué se firma. Aclarar una entrada es escribir esto. Ampliar
- Riesgo
- Lo que aún no ha pasado y cambiaría el plan. El tercer criterio de orden ataca los grandes. Ampliar
- Tablero Kanban
- Adonde van las entradas cuando se empiezan. La página anterior. Ampliar
- Método ágil
- Trabajar por iteraciones cortas. Lo que le deja hacer su contrato es la página siguiente. Ampliar
Seguir leyendo
5.4 Ágil o cascada
Cuánto puede reordenar y cuánto no: qué le deja hacer el contrato que firmó.
5.2 Tablero Kanban
Adónde van las entradas al empezarse, y la columna que enseña las esperas.
2.3 Fase de ejecución
Qué se hace con un cambio: cómo se documenta, se valora y se decide antes de ejecutarlo.