Capítulo 3 · 3.0 Volver al índice de la guía
3.0 Fundamentos de la planificación — cuatro bloques, cuatro papeles, y por qué planificar no es predecir
La objeción que se oye en todas las pymes industriales es siempre la misma, y no es tonta: «para qué vamos a planificar, si luego nunca sale así». Es verdad que nunca sale así. La conclusión, en cambio, es falsa, y lo es porque parte de una idea equivocada de para qué sirve un plan. Un plan no sirve para acertar. Sirve para que, seis meses después, una desviación se pueda demostrar en lugar de discutirse. Ese es el criterio con el que hay que juzgar cualquier trabajo de planificación: no si la previsión se cumplió, sino si el día que dejó de cumplirse existía un documento con fecha contra el que medir la diferencia. Este capítulo desarrolla los cuatro bloques que producen esos documentos —el alcance, el cronograma, los recursos y los riesgos—, y esta primera página los recorre entero por entero diciendo qué deja cada uno encima de la mesa y qué ocurre exactamente cuando falta.
LO MÁS IMPORTANTE DE ESTA PÁGINA
- Planificar no es predecir. El valor de un plan no está en acertar: está en que la desviación posterior se pueda demostrar contra un documento con fecha, en vez de discutirse de memoria.
- La planificación son cuatro bloques y cada uno deja un papel distinto: el alcance deja dos listas, el cronograma deja una red con holguras, los recursos dejan una cifra de días reales y los riesgos dejan cinco señales observables.
- Esos cuatro papeles son lo único que sobrevive a un cambio de jefe de proyecto. Lo demás vive en la cabeza de alguien, y esa cabeza cambia de empresa.
- Cada bloque tiene una factura concreta cuando falta, y conviene saber cuál es: trabajo gratis, retrasos indistinguibles entre sí, un calendario que no existe y una lista de preocupaciones que nadie vuelve a abrir.
- Los cuatro bloques alimentan la línea base, que es la pieza que convierte todo lo anterior en algo probatorio. Se explica en 2.2 Fase de planificación.
Planificar no es predecir
Merece la pena detenerse en la tesis, porque de ella depende todo lo demás y porque casi todo el rechazo que despierta la planificación en una empresa pequeña viene de haberla entendido al revés.
Si un plan fuera una predicción, la forma sensata de evaluarlo sería comparar la previsión con el resultado. Y bajo ese criterio todos los planes de todos los proyectos de dieciocho meses son malos, porque ninguno acierta. De ahí a concluir que el ejercicio entero es una pérdida de tiempo hay un paso, y es un paso que se da constantemente en las reuniones de dirección de una pyme.
Pero un plan no es una predicción; es un punto de referencia con fecha. Su función aparece entera el día que algo se desvía. Ese día, en una empresa que planificó, la conversación suena así: «el suministro estaba previsto en la semana 9 según el calendario rev. 2 de 14 de abril, ha llegado en la semana 12, y eso empuja la puesta en marcha tres semanas». En una empresa que no planificó suena así: «esto se está retrasando mucho», seguido de una discusión de cuarenta minutos sobre si en aquella reunión de febrero se dijo mayo o junio.
Las dos frases describen exactamente el mismo hecho físico. La diferencia no está en el hecho, ni en la habilidad negociadora de quien habla, ni en su carácter. Está en que la primera se puede comprobar y la segunda no. Y todo lo que en un proyecto se traduce en dinero —un modificado, una ampliación de plazo, una penalización que no se aplica, una reclamación que prospera— depende de que se pueda comprobar.
De ahí sale una prueba muy simple para saber si su planificación vale algo, y se puede aplicar en dos minutos sin abrir ningún manual. Imagine que el proyecto se retrasa seis semanas y que a usted le piden que explique por qué. ¿Tiene un documento con fecha que muestre qué se había previsto? ¿Ese documento lo aprobó alguien con facultad para aprobarlo? ¿Está en un sitio donde otra persona pueda encontrarlo sin llamarle? Si las tres respuestas son que sí, su planificación cumple su función aunque no haya acertado ni una fecha. Si alguna es que no, tiene un plan bonito y ninguna protección.
Hay un corolario incómodo que conviene aceptar pronto: un plan demasiado detallado protege menos, no más. Un cronograma de cuatrocientas líneas que nadie mantiene deja de ser un punto de referencia a las tres semanas, porque nadie sabe ya cuál era la versión aprobada ni qué se movió por decisión y qué por inercia. Lo que protege es un plan que alguien pueda leer entero en veinte minutos, que esté congelado y que tenga una firma. La precisión sin mantenimiento es decoración.
Los cuatro bloques, y lo que deja cada uno
La planificación de un proyecto industrial o de implantación se descompone en cuatro bloques. No son fases sucesivas —se trabajan en paralelo y se corrigen unos a otros—, pero sí son cuatro salidas distintas, y cada una responde a una pregunta que las otras tres no responden.
El diagrama siguiente los pone en fila. Cada tarjeta está partida en dos: arriba, qué deja ese bloque encima de la mesa; abajo, qué ocurre si no está. La mitad de abajo es la que conviene tener a mano cuando alguien pregunte para qué sirve todo esto.
Bloque 1 · El alcance: dos listas y una frase
Qué deja encima de la mesa. Dos listas y una frase. La primera lista dice lo que entra. La segunda —la que casi nunca se escribe— dice lo que no entra. Y la frase dice qué significa «terminado» para cada entregable: qué se enseña, quién lo mira y qué se firma.
Qué pasa si falta. Todo lo que alguien dé por supuesto lo acabará haciendo usted, y gratis. No por mala fe del cliente: por la mecánica normal de un proyecto, en el que cada parte rellena los huecos del papel con lo que le parece razonable, y a cada parte le parece razonable algo distinto. La migración de datos la limpia alguien. La formación la da alguien. La interfaz con el otro sistema la programa alguien. Si el papel no dice quién, lo dirá el calendario, y el calendario siempre señala al que está en obra.
Hay una asimetría económica que conviene entender: escribir la segunda lista cuesta exactamente lo mismo que escribir la primera —una tarde—, y su ausencia se paga meses después con trabajo real. Se detalla en 3.1 Definir el alcance, junto con las tres zonas grises donde se juega casi siempre la discusión y con la definición de terminado, que en España pesa más que en otros países porque, fuera de la edificación, ninguna ley dice por defecto cuándo una obra está recibida.
Bloque 2 · El cronograma: qué depende de qué
Qué deja encima de la mesa. Qué tareas dependen de cuáles, y —esto es lo importante— cuáles no tienen holgura ninguna. Un cronograma no es una lista de tareas con fechas: es una red de dependencias de la que sale, como consecuencia aritmética, un camino crítico.
Qué pasa si falta. Cualquier retraso parece igual de grave, así que nadie sabe cuál atacar primero. Es el estado por defecto de la mayoría de los proyectos pequeños: hay quince cosas retrasadas, todas urgentes, y el jefe de proyecto reparte su atención entre ellas por orden de quién se ha quejado más alto. Con una red delante, once de esas quince tienen margen y cuatro no, y sólo esas cuatro merecen que alguien deje lo que está haciendo.
La página 3.2 Crear el cronograma desarrolla el camino crítico con un ejemplo completo, y se detiene en el error más frecuente: creer que «crítico» quiere decir «importante». No lo quiere decir. La formación de los operarios es importantísima y suele tener holgura; el plazo de entrega de un proveedor no le interesa a nadie y decide la fecha de recepción.
Bloque 3 · Los recursos: cuántos días hay de verdad
Qué deja encima de la mesa. Cuántos días laborables tiene de verdad cada persona, con los festivos del emplazamiento y las vacaciones ya restados. No un porcentaje de dedicación, que es una abstracción cómoda y engañosa: un número de días, en unas semanas concretas.
Qué pasa si falta. Se planifica con el año natural y se ejecuta con el que queda después de agosto. Es el fallo más silencioso de los cuatro, porque no se manifiesta el día que se comete sino cinco meses más tarde, cuando resulta que la persona que iba a estar «al cincuenta por ciento» estuvo al veinte, que en agosto no había nadie y que los dos festivos locales del municipio de la obra cayeron en martes.
La página 3.3 Asignación de recursos baja la escalera completa, desde los 365 días del año hasta la cifra con la que se ejecuta de verdad, y explica por qué el último escalón —el que separa lo asignado de lo que llega— no tiene número y no lo puede tener.
Bloque 4 · Los riesgos: cinco señales observables
Qué deja encima de la mesa. Cinco riesgos reales, cada uno con una señal que alguien pueda ver sin esforzarse. Cinco, no cuarenta. Y con señal, no con probabilidad estimada.
Qué pasa si falta. Tendrá una lista de cuarenta preocupaciones que nadie vuelve a abrir. Es el destino habitual de las matrices de riesgo elaboradas para adjuntar a una oferta: se rellenan una vez, se puntúan del uno al cinco con criterios que nadie recuerda, y se archivan. Su utilidad práctica durante la ejecución es cero, porque en ningún punto dicen qué habría que ver ni quién lo vería.
El criterio que separa un riesgo gestionado de una preocupación se enuncia en una línea y está desarrollado en 3.4 Plan de riesgos: si nadie sabe quién vería la señal ni cuándo, no es un riesgo gestionado. La probabilidad no importa; la observabilidad sí.
Lo único que sobrevive a un cambio de jefe de proyecto
Hay un argumento a favor de estos cuatro papeles que rara vez se dice en voz alta y que en una pyme vale más que todos los demás juntos, porque es el que le afecta a la propiedad de la empresa y no al jefe de proyecto.
Piense en lo que ocurre cuando la persona que lleva el proyecto se va, cambia de puesto o cae de baja tres meses. En una empresa donde la planificación vive en la cabeza de esa persona —y vive en la cabeza de esa persona con mucha más frecuencia de la que se admite—, lo que se pierde no es «un poco de contexto». Se pierde qué se había prometido exactamente, con qué supuestos se estimó, qué se decidió no incluir y por qué, y qué es lo que había que vigilar. Su sucesor no hereda un proyecto: hereda un estado de obra y una carpeta de facturas.
Los cuatro papeles son, literalmente, lo único que sobrevive a ese cambio. Las dos listas del alcance sobreviven. La red de dependencias sobrevive. La cifra de días acordada con cada jefe de línea sobrevive. Las cinco señales sobreviven. Todo lo demás —la relación con el cliente, el criterio, la intuición de dónde va a saltar el problema— se va con la persona.
Y hay una segunda consecuencia, más inmediata: esos mismos cuatro papeles son lo que convierte una discusión sobre quién dijo qué en una comparación entre dos documentos con fecha. Es una transformación que cambia el tono de las reuniones. Una discusión sobre memoria la gana quien tiene más autoridad en la sala, o quien está más dispuesto a sostenerla. Una comparación documental la gana quien tiene razón. En una relación entre un contratista pequeño y un cliente grande, esa diferencia es casi todo.
Y encima de los cuatro, la línea base
Los cuatro bloques producen contenido. La línea base es lo que convierte ese contenido en prueba, y por eso no es un quinto bloque sino una operación que se hace sobre los cuatro: congelar el alcance, el plazo y el coste en una fecha concreta, con una versión identificable, y obtener la conformidad escrita de quien puede darla.
Las tres condiciones cuentan por separado y la que más se descuida en proyectos privados es la tercera. Un calendario que su cliente nunca aprobó formalmente no es una línea base compartida: es una previsión suya. El día que el cliente sostenga que la fecha comprometida era otra, tendrá razón en el único sentido que importa, que es el documental. El mecanismo completo —cuándo congelar, con cuánto detalle y cómo se sustituye una línea base por otra sin perder el historial— está en 2.2 Fase de planificación, y esta página no lo repite.
Lo que sí conviene retener aquí es la cadena económica, porque es el argumento que se usa durante la ejecución y que justifica el trabajo entero de este capítulo: sin línea base no hay cambio demostrable, y sin cambio demostrable no hay modificado que cobrar.
Cuánta planificación, y en qué orden
Dos preguntas prácticas que aparecen siempre en cuanto se acepta la tesis.
Cuánta. La proporción razonable en un proyecto industrial de tamaño medio se mide mejor en semanas que en porcentajes: entre el cierre del contrato y el arranque de la ejecución debería haber tiempo suficiente para producir los cuatro papeles, y ese tiempo rara vez baja de dos semanas ni necesita superar las seis. El límite superior no lo pone el rendimiento decreciente sino algo más concreto: a partir de cierto punto, planificar más sólo sirve para retrasar la primera compra, y la primera compra suele estar en el camino crítico.
En qué orden. El alcance primero, siempre, porque los otros tres se construyen sobre él: no se puede encadenar lo que no está definido, ni asignar personas a un trabajo cuyo contorno se discute, ni identificar riesgos de algo que aún puede cambiar de forma. Después el cronograma y los recursos, que se corrigen mutuamente en dos o tres iteraciones —el cronograma pide personas, los recursos devuelven días reales, el cronograma se ajusta—. Los riesgos, al final, porque sólo se pueden identificar bien cuando ya se sabe qué hay que hacer, en qué orden y con quién. Un registro de riesgos redactado antes que el alcance siempre sale genérico, y un riesgo genérico no tiene señal observable.
Una advertencia sobre la iteración entre los bloques dos y tres, que es donde se pierde más tiempo: itere dos veces y pare. La tercera vuelta casi nunca aporta información nueva; lo que aporta es la sensación de que el plan «todavía no está», que es exactamente la sensación que retrasa la primera compra.
Cómo se ve esto en AB
Cuatro cosas concretas, una por bloque, y ninguna cuesta más de media hora.
Lo primero, el alcance. Cree en el proyecto un documento único con las dos listas, y que la segunda esté en el mismo documento que la primera y no en un anexo aparte. La razón es de comportamiento: un anexo separado no se lee en la reunión de arranque, y el valor de la lista de exclusiones está precisamente en que se lea delante del cliente antes de firmar. Enlace ese documento desde la ficha del proyecto para que sea lo primero que vea quien entre.
Lo segundo, el cronograma. Registre las dependencias, no sólo las fechas. Una tarea con fecha de inicio pero sin predecesora es una fecha que alguien tecleó; una tarea con predecesora es una fecha que se recalcula sola cuando lo anterior se mueve. Y marque explícitamente las tareas cuyo dueño es un tercero —el plazo del proveedor, el trámite de la compañía eléctrica, la respuesta del cliente—, porque en un proyecto industrial español buena parte del camino crítico está fuera de su empresa.
Lo tercero, los recursos. Cargue los festivos del emplazamiento y las ausencias ya conocidas antes de asignar a nadie, no después. Si lo hace después, las fechas que ya vio y aprobó el cliente cambian, y explicar por qué han cambiado le costará más que la media hora que se ahorró.
Lo cuarto, los riesgos. No cree una lista de riesgos: cree cinco tareas de vigilancia, cada una con responsable y con una fecha de revisión periódica. Un riesgo sin tarea asociada no lo mira nadie; un riesgo convertido en una revisión quincenal con dueño se mira siempre, porque aparece en la lista de alguien.
Y una quinta, transversal: cuando la planificación se cierre, guarde una copia identificable con fecha y número de revisión de los cuatro papeles juntos, y no la toque más. Es la línea base, y es lo que va a comparar contra la realidad durante el resto del proyecto.
Términos de esta página
- Alcance
- Lo que el proyecto entrega y, sobre todo, lo que no entrega. Dos listas, no una. Ampliar
- Camino crítico
- La cadena de tareas sin holgura. «Crítico» no quiere decir importante: quiere decir sin margen. Ampliar
- Dependencia
- La relación que obliga a que una tarea espere a otra. Lo que convierte una lista en una red. Ampliar
- Línea base
- Alcance, plazo y coste congelados con fecha y aprobados. Sirve para demostrar, no para prometer. Ampliar
- EDT
- Estructura de descomposición del trabajo: el suministro partido en paquetes con responsable. Ampliar
- Estimación
- Esfuerzo previsto con su supuesto explícito. Sin el supuesto, no se puede revisar. Ampliar
- Riesgo
- Un suceso posible con señal observable y contramedida. Sin señal, es una preocupación. Ampliar
- Modificado
- El trabajo adicional aprobado y cobrable. Sin línea base no hay forma de demostrarlo. Ampliar
- Definición de terminado
- Qué se enseña, quién lo mira y qué se firma. Fuera de la edificación, sólo existe si la escribe. Ampliar
- Hito
- Un punto con fecha y criterio comprobable, normalmente ligado a una facturación. Ampliar
- Colchón
- Margen de tiempo declarado y visible. Escondido dentro de las tareas no protege nada. Ampliar
- Triple restricción
- Alcance, plazo y coste: mover uno obliga a mover otro. Es la aritmética de toda negociación. Ampliar
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3.1 Definir el alcance
Dos listas, tres zonas grises y la frase que dice qué es «terminado» cuando ninguna ley lo dice por usted.
2.2 Fase de planificación
Los dos papeles de la fase, la línea base y las tres trampas del calendario laboral español.
Glosario
Alcance, camino crítico, línea base, colchón y sesenta y ocho términos más, con su artículo cuando lo tienen.